Prisioneros

¿Quieren leer la historia de alguien que una vez tuvo dos minutos de tiempo? El hombre era alto y joven, pero algo encorvado; su traje, gris marengo, elegante, impecable; la mirada, nueva. Sus ojos recorrían todo lo que alcanzaban, parecían examinar su entorno como si frente a él se descubriese un universo fascinante. De hecho, era la primera vez que lo veía. Miraba hacia todas partes y, por fin, de forma consciente, apreciaba el campo de visión que no comprendía únicamente la línea que corría paralela al suelo, a la altura de sus ojos. Admiraba los edificios rojizos y marrones, las calles adoquinadas, el chaval que leía el periódico a su derecha y los apretados pasos taconeantes de la mujer que caminaba a su izquierda.

 

Cuánto cuesta detenerse un segundo en esta vida que en la ciudad corre más que la luz… Cuando bajo en el ascensor con mi vecino del sexto no mantengo una reunión social, como antes se hacía al encontrarse a la entrada del edificio. Pocos conocen hoy algo de quienes viven al otro lado de su pared. ¿Y qué hay de quienes nos sirven un café todas las mañanas? ¿Y de quienes coinciden siempre con nosotros en el mismo vagón del metro? No sabemos nada. Nos hemos convertido en sigilosos fantasmas que, en soledad, se dirigen a su trabajo por la mañana y vuelven a casa por la noche. Todos los días trazo el mismo recorrido lineal (Íñigo Arista, 7 – Facultad de Comunicación) sobre un mapa urbano, moderno y atestado de hormiguitas como yo.

 

A veces pienso que la ciudad nos come; o quizá nos la hayamos comido nosotros. Siempre voy de aquí para allá presurosa, con la mente en otro lado y las pupilas clavadas en la nada. Mis pasos avanzan firmes e imperturbables, pero tremendamente solos. Hace unos días, un amigo me hizo una pregunta tan sencilla que me destrozó: “¿Cómo son los que tienen la tienda de labores que está junto a tu casa?”. No supe contestar. No me digan que no les ha ocurrido algo parecido en alguna ocasión. Vivo prisionera de mí misma, en mi pequeña celda mental, individual, sin darme cuenta.

 

A las ocho de la mañana, si no me ha dado tiempo a desayunar, me olvido de que el mundo a mi alrededor existe. Esos días –la mayoría– suelo tomar el café en la facultad. Uno de los camareros es un hombre amable que siempre me saluda cuando nos cruzamos por la calle. Y me apena no saber su nombre, no haberle preguntado nunca un tímido “¿Qué tal?”. Pero estoy contenta porque al menos he apartado los ojos de mi taza y he reparado en él. Mañana habrán pasado cincuenta años y no quiero mirar atrás pensando que he vivido subida a un coche de carreras, con los ojos borrosos de humo y sin arrugas de sonrisa junto a los labios.

30/03/2006 12:15 Autor: latarara. Enlace permanente.

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Autor: teclas

¡Cúanta razón detrás de 500 palabras! Me da un montón de pena que pase eso. A veces, cuando mi mirada se cruza con la de personas desconocidas, les sonrío, y me miran como si fuera una pervertida viciosa. Por lo menos en los pueblos la gente sigue saludando por la calle con todo el mundo, y muchas veces se paran a hablarte o te preguntan: ¿Tú eres la de...? A mí me parece super bonito. Yo quiero ser amiga del señor con el traje color marengo!

Fecha: 31/03/2006 08:13.



Autor: La fea Easo

Leyre, jo qué pena! Bueno por lo menos a veces hacemos el recorrido juntas, no? Ya sé que no vale del todo... Igual en la tienda de labores (¿a cuál te refieres?) no te has fijado, pero, ¿a qué te has fijado en una foto de familia del gremio de los peluqueros más jartos de todo el Reyno? De traca... El camarero, ¿es el señor de barbas?
Por cierto, que tus inclinaciones socio-festivas no se reflejen tanto en tu escala de colores!!

Fecha: 19/04/2006 21:50.



Autor: ecneulfni_on

Estoy de acuerdo con todo lo que escribes y siento una gran envidia del camarero al que clavaste tu preciosa mirada, guardando ese momento en una parte de tu memoria.
Yo, al igual que tú, guardo tus palabras que son parte de ti en una zona privilegiada de mi mente. Besos.

Fecha: 25/12/2006 01:52.


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