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13/04/2006

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Cuando era pequeña, mi familia se escapaba en vacaciones a un pueblo de la Costa del Azahar, Benicàssim. Allí teníamos una casa a dos manzanas del mar, que recuerdo como una especie de cabaña marrón parecida a un dado de madera. Yo pensaba que mi padre la había construido. También creía firmemente que el jardín –casi el más bonito del mundo– había sido cosa de mi madre. En él solía jugar a la pelota y conducía mi "coche-motor", junto a un magnolio y un poético limonero.

Un día de agosto, después de desayunar un vaso de Cola-Cao y unas tostadas, mis padres me llevaron a la playa. Hacía sol, pero el viento soplaba fuerte y el mar parecía un poco revuelto. Mi primera ocupación fue construir, con gran minuciosidad, un pequeño castillo de arena que poco después vendí a un niño delgaducho por cinco duros. Luego me aburrí de los castillos y supliqué a mis padres que me llevaran en mi genial balsa hinchable. Enseguida corrí en dirección al mar, tirando del cordón blanco que estaba anudado al bote de plástico. Me encantaba sentarme allí, en aquel minúsculo espacio radicalmente mío, y observar a los demás niños desde mi hogar flotante y protector…

Por sorpresa, a los pocos minutos de estar en el agua, vino una ola gigantesca que, como un manto de lana mojada, envolvió mi barca, y ésta volcó al instante. Recuerdo entonces un espacio de tiempo indefinible –no sabría decir si de minutos o de horas–, en el que me ardían los ojos, la arena y la espuma se confundían con mi cuerpo y veía el mar al revés.

Pero mi memoria sí guarda con claridad una sensación: unas manos me cogían por los tobillos y, como quien agarra una zanahoria por sus hojas para desenterrarla, me sacaban del agua. Ya en la orilla vi que había sido mi padre. Mi madre me daba palmaditas en la espalda para que tosiera y escupiera la arena que había tragado. Y el canijo de los cinco duros me señalaba, riéndose de mi incidente con su circulito de amigos demoniacos.

Después, una crece y disfruta de poder tirarse al agua sin pedir permiso. Se alegra de que las risas del niño-adulto de al lado no sepulten su autoestima bajo la tierra. Le encanta poder construir castillos de arena (de piedra, incluso) sin ayuda. Elige la profesión, decide que nunca más probará el puré de borraja… y escribe su historia con sus propias palabras. Pero lo que una también añora es que, en algunos momentos, alguien la agarre de los tobillos y la saque del agua. Cada vez el mar es más grande, y el nadador más desconfiado.

13/04/2006 13:15 Autor: latarara. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.


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