Hollywood, amén

20060330123834-beso-cine.gif Pum, pum. Ya está, todo ha acabado. “Tranquila, nena”, dice Jack, mientras la sensual Melissa −con poco más que un cinturón por vestido− se abraza a su fornido acompañante. The End.
 
       Qué gozada, el cine americano de hoy. A uno le queda incluso el sabor a MacDonald’s en la boca. Los chavales salen del cine con una pistola en la chaqueta; en la vuelta hacia casa, aprietan el acelerador y emprenden una masculina carrera de coches; a las mujeres se las conquista con pasta, piensan. O con romanticismo banal. Qué fácil es todo. Las chicas, con un escote de infarto, un cabello rubio y perfecto, unas ganas irrefrenables de decir tontadas (“¡Oh, eres tan fuerte!”), se miran y remiran en el cristal de los escaparates. Unas tallas menos, unas siliconas más… Ellos y ellas aprenden frente a la pantalla que la vida no es compleja, que todo se soluciona con una bala y un revolcón rápido. Que la vida es vivir por el patriotismo, por la reputación, por el amor y el romance idealizados.  
 
      Recuerdo con una sonrisa la esclarecedora conversación que mantuve, a los once años, con un vecino del pueblo en el que yo veraneaba con mis padres. Ese vecino se llamaba −y se llama− Serafín. Policía. Un porte impresionante: guapo, musculoso, sonriente, moreno. De película. La voz, un hilo agudo del que había que tirar para que el sonido saliera. Primera contradicción cine-realidad. Serafín solía dedicar su tiempo libre a cultivar lechugas y tomates en la huerta que había plantado frente a su casita. Una mañana, mientras yo observaba cómo arrancaba una lechuga de la tierra, me dio por preguntarle acerca de su apasionante trabajo. “¿Cómo es eso de ser policía?; ¿a cuántos señores has matado?; ¿alguna vez te han herido?”. “No está mal; no he matado a ninguno; una vez me hice un corte aquí, en el muslo”. La voz, cada vez más aguda. “¿Qué pensabas, niña? No hay heroicidades, o quizá una sola en la vida”.
 
     Ahí comencé a ser consciente de que el día a día no es una peli yanqui, de que en las pantallas a menudo sólo vemos las sombras que percibían los personajes del mito de la caverna, proyectadas sobre una pared... Resultó que no había quinientos mil asesinos en serie en cada ciudad; además, los procesos judiciales no eran tan espectaculares; tampoco los romances tan perfectos; uno no sabía qué decir en cada momento, ni le acompañaba una banda sonora cuando se tropezaba o cuando se enamoraba. Los violines no suenan más que en nuestras cabezas.  
 
      Al principio, uno se siente desengañado. La realidad no resulta tan fantástica como el cine. Pero después las cosas cambian. Más que las cosas, uno mismo: la vida supera a aquella que muchos idealizábamos. Lo que hay de sufrimiento real, lo hay de real felicidad; todo es más difícil que una bala o que una noche en un motel de carretera. Por eso, ahora no me divierte imaginar mi existencia como la del protagonista de una típica película norteamericana, sino compadecer a Jack y a Melissa, porque sus historias son mucho más planas que la mía.
30/03/2006 12:24 Autor: latarara. Enlace permanente.

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Autor: Eresfea

Sí, la gente quiere vivir toda su vida con la intensidad de los 92 minutos de una película. Y con muchas de sus tonterías... Una lástima.

Fecha: 07/04/2006 16:40.



Autor: Tarara

Hay intensidades que no son malas... Otras, sobre todo las de las pelis americanas (aunque esto en sí ya sea un tópico), sí que son un peligro. En el fondo yo creo, de todas maneras, que la mejor intensidad no se busca, sino que aparece como subproducto de otras cosas que hacemos, sin querer, como la felicidad. Si no, no es verdadera.

Fecha: 18/04/2006 15:04.


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